Campeones 2011, pero…
Por Daniel Roselli
El fútbol y el talento vienen de atrás
Hay que decirlo bajito, casi al oído: mirá que con la celeste hubo mejores o tan buenos arqueros como Muslera; Lugano no es el primer caudillo y antes de Forlán y Suárez hubo otros que te hacían cualquier dibujo en el área.
Yo soy del tiempo de Mazurkiewicz, de Espárrago y de Pablo Forlán. Soy del tiempo de Mujica, Abadi y Pedro Rocha.
Todavía me emociono con los goles de Morena, Victorino o Cascarilla Morales.
Me siguen causando tranquilidad las atajadas de Rodolfo Rodríguez, que miraba con severidad a los rivales desde sus enormes bigotes.
Aún Custodio o el indio Olivera hinchan los pulmones y le ganan al más pintado. Todavía sonrío cuando veo las imágenes de Enzo Francescoli levantando copas, y me admiro con los desbordes de Rubén Paz y de Venancio Ramos enloqueciendo rivales.
Yo no me olvido de la elegancia y la inteligencia del Polilla Da Silva y doy las gracias de haber podido gritar el golazo de Darío Rodríguez ante Dinamarca en el Mundial 2002.
Le creí al maestro Tabárez en el Mundial de Italia 90 y me partí la cabeza cuando el Principito Sosa erró el penal contra España, pero siempre lo admiré, porque nos dio un millón de alegrías con sus piques endiablados.
Es cierto que miramos algunos mundiales desde las tribunas, a pesar del juego de Darío Pereyra o de Antonio Alzamendi. Pero le ganamos a la Argentina de Maradona en la copa América de 1987 y lo mismo al Brasil campeón mundial de 1994. Yo estaba en el Estadio Centenario cuando el profesor Bengoechea se la clavó en el ángulo a Taffarel y la celeste estuvo de nuevo en la cúspide de América en 1995.
Nos indignamos con el juego de la selección en Corea-Japón del 2002, o con el 6 a 1 de Dinamarca en el Mundial de 1986, pero nunca, nunca aceptamos que el fútbol uruguayo estaba muerto. Y si no, quién olvida la zurda del Chino Recoba.
Jamás aceptamos la frase “para qué vamos a ir al mundial” o “vamos a pasar vergüenza”. En el fútbol siempre hay un David. La calidad de los jugadores nunca va a estar en discusión. No hay que olvidar que esta celeste campeona de hoy, comprometida y que despierta la admiración del mundo del fútbol, jugó un repechaje con Costa Rica para ir al Mundial de Sudáfrica de 2010.
Y en él comenzaron a caer los favoritos, y la celeste comenzó a volar y Diego Forlán comenzó a gestarse como el mejor jugador del mundo. Y si bien perdimos con Holanda 3 a 2, si el equipo celeste hubiera estado entero, otra habría sido la final. Y los uruguayos festejamos el cuarto puesto de Sudáfrica como un campeonato. ¿Saben por qué? Porque volvimos a soñar.
Llegó la Copa América 2011 y otra vez la celeste al campo de juego. Y se habla de procesos y de institucionalidad del fútbol, pero qué hubiera pasado si la media vuelta de Higuaín era gol y Argentina nos hacía las maletas en cuartos… “Este equipo está desgastado”, “en realidad, la celeste no les importa mucho, si están en Europa haciendo millones”… así hubieran hablado los profesionales de los micrófonos, a los que sólo les interesa subirse a los carros (o a los aviones).
Pero Uruguay no necesitaba demostrar nada en Argentina; ganó la copa porque fue el mejor equipo de América, pero la entrega y el talento de estos geniales futbolistas jamás deberían estar en duda. Esto es fútbol señores, y la pelota entra o no entra. Pero la gambeta e ir cada pelota como si fuera la última es nuestro. Y sino pregúntale al Ruso Pérez que debe haber visto jugar a Mario Saralegui o a Santiago Ostolaza.
El fútbol uruguayo no estaba muerto, porque el talento está en las piernas flacas que siguen apareciendo en este país, futbolero y discutidor por excelencia. Seguramente, la selección uruguaya no estaba vigente, y faltaban más dirigentes que mercantilistas, menos políticos y más futboleros en los lugares estratégicos, más técnicos que representantes y más seriedad que dinero fácil. El fútbol es un deporte, donde es tan importante el recorrido como el final. Pero para vivirlo hay que sentirlo, y no hacer usufructo de él; y si no, mirá del otro lado de la orilla a la AFA de Julio Grondona.
El fútbol, por suerte, es fútbol; todavía aparece la mano de Suárez o el limón de Venancio que le movió la pelota al chileno Aravena cuando remató el tiro libre a última ahora en las Eliminatorias de 1985.
El fútbol es inteligencia, es juego de equipo, es guapeza. Y si no, hay que darse una vuelta por el Complejo Celeste, donde en los pasillos, desde las paredes te miran Scarone, Nazasi, Obdulio, Shicaffino, Pedro Rocha y tantos más, que te dicen que mientras el fútbol sea fútbol, siempre habrá un Arévalo Ríos que la roba, un Forlán que la manda a guardar y un país que lo celebra. Porque como si fueran los hijos pródigos que volvieron al carril, hoy nos hincharon el pecho de alegría.
Nosotros no festejamos el cuarto puesto de México de 1970, a pesar de que peloteamos a Alemania y que nos ganó el Brasil de Pelé. Eran otros tiempos en que las derrotas tenían más dimensión que los triunfos. Hoy nos abrazamos a la alegría que pase junto a nosotros. Y está bueno. Pero que quede muy claro: el fútbol uruguayo nunca estuvo muerto.
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